Jilly serpenteó entre los compradores y sonrió para sus adentros. En otros barrios de Los Ángeles, su aspecto, con el zarrapastroso vestido de noche, haría que la gente cambiase de acera, pero allí solo despertó algunas miradas de curiosidad.

FreeWest era célebre por su excentricidad y actividad. ¿Qué representaba un vestido de lentejuelas anudado en medio de boutiques, un pequeño cine de arte y ensayo, una consulta de astrología y otros veintipico negocios alternativos pero, de todas maneras, prósperos?

Pasó frente a Beans & Leaves, el bar situado a media manzana de su tienda, y luego frente a French Letters, el local contiguo al suyo. Como de costumbre, los clientes se apiñaban en los pasillos, entre estantes que mostraban condones de todas las texturas, estilos, colores y sabores imaginables. El encargado se encontraba detrás del mostrador y tamborileaba los dedos con impaciencia. Jilly le lanzó una mirada comprensiva. El hombre se quejaba de que la mayoría de los clientes eran mirones más que personas con intenciones de comprar; la caja, enmudecida, parecía darle la razón.

Jilly se detuvo ante el edificio de dos plantas en el que se encontraba su tienda. Sometidas a tensión, algunas mujeres hornean galletas o friegan suelos, mientras que Kim Sullivan, su socia de veintitrés años, se dedicaba a montar los escaparates de Things Past.

Jilly dejó escapar un suspiro. De espaldas a la calle, Kim estaba de pie en el centro de la plataforma elevada que cumplía la función de suelo del escaparate, con accesorios y prendas de vestir amontonados a su alrededor. Dada su altura próxima al metro ochenta, Kim parecía una amazona encerrada en un joyero. Para variar, cubría su cuerpo de modelo con unos vaqueros y una camiseta y había recogido su larga melena rubia con un moño de directora de escuela que mantenía en su sitio gracias a dos lápices amarillos, estilo que había adoptado hacía más de tres años, cuando inició los estudios de informática.



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