Kim colocó sobre una mecedora de un rincón del escaparate dos vestidos rojos; la combinación era un atentado contra el buen gusto. Jilly pegó un brinco. Kim era tan hábil para diseñar escaparates como para minimizar su belleza.

Para poner fin a su sufrimiento, Jilly golpeó enérgicamente la luna con los nudillos. Kim se volvió, simuló sorpresa y sonrió atolondrada al ver quién había golpeado el cristal. Jilly respiró hondo a fin de expulsar de su mente cualquier efecto persistente e inadecuado que le hubiera dejado Rory y también sonrió. Como es obvio, hablaría con Kim sobre la reunión, pero no se explayaría sobre ese hombre.

Dada la forma en la que su imaginación se había desmandado, era imposible saber qué podría salir de su boca.

Jilly entró rápidamente en la tienda. Las campanillas resonaron al golpear la puerta y Kim acudió a su encuentro. Cogió las manos de su socia con los dedos ateridos y Jilly respondió de la misma manera.

– Cuéntamelo todo -exigió Kim con entusiasmo y con un fuerte apretón de manos-. Quiero que me lo cuentes ahora mismo.

Por fin había llegado el momento que esperaban desde que, hacía un mes, leyeron la nota necrológica en el periódico. Aunque no era exactamente así, ya que en realidad hacía cuatro años que esperaban ese momento.

– Kim, la niña es una preciosidad. Tiene el pelo rubio y los ojos azules. Creo que será tan alta como tú.

– ¿Parecía… te parece que es feliz? Como ahora se ha quedado sin padre…

A Jilly le habría gustado tranquilizar a su amiga y darle certezas absolutas.

– Kim, la verdad es que no lo sé. Lo único que puedo decir es que no parece desgraciada. Solo hablé un par de minutos con ella. Tiene muchos juguetes y una habitación muy bonita.

Jilly describió la colcha de encaje, las paredes pintadas de rosa y las muñecas y libros que había visto.



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