
En cuanto oyó esos detalles, Kim soltó las manos de Jilly y se llevó los dedos a los ojos antes de murmurar:
– No puedo creerlo. Me cuesta creer que hayas estado tan cerca de ella.
Jilly luchó por contener las lágrimas y aspiró el suave aroma a popurrí del interior de la tienda. Paseó la mirada a su alrededor. Hacia el fondo del local, una dependiente, de puntillas, quitaba el polvo a los artículos de un estante alto. Otra atendía a un cliente y varios habituales miraban satisfechos los objetos en venta.
Apartó suavemente a Kim de la puerta y la condujo hacia la relativa intimidad de un rincón del escaparate. Se le hizo un nudo en la garganta y bajó la voz:
– Kim, puedes dar por hecho que ocurrirá. Encontraremos el modo de que te reúnas con tu hija.
Kim se apartó las manos de los ojos y musitó:
– Jamás me atreví a albergar esa esperanza.
– Déjate de tonterías -la corrigió Jilly impetuosamente-. Nunca la perdimos.
Jilly miró a su amiga y pensó adónde había ido la joven indescriptiblemente bella de diecinueve años que se presentó en la tienda que Skye acababa de heredar de su madre, acarreando una maleta pequeña y una profunda desesperación. Por mucho que intentaba restarle importancia, Kim seguía siendo muy guapa y, gracias a su éxito con los estudios, ahora transmitía una nueva confianza… salvo cuando se trataba de su futuro junto a Iris.
– Jilly, tal vez no merez…
– Para de una vez. No vuelvas a las andadas. -Sabía que Kim luchaba contra el sentimiento de que las decisiones tomadas hacía cinco años la hacían indigna de reencontrarse con su hija-. Déjalo, sobre todo ahora que tengo la oportunidad de ir cada día a Caidwater y ver a Iris. Creo que tendrías que sentirte esperanzada.
Al cabo de unos instantes, Kim relajó su expresión tensa y una tímida sonrisa apareció en su boca.
– ¿Has dicho que tiene los ojos azules?
– Y el pelo rubio como tú -se apresuró a confirmar Jilly.
