
Kim miró a lo lejos.
– Roderick tenía los ojos azules.
Jilly pensó que Rory Kincaid también. Aquellos fríos ojos de color azul oscuro la llevaron a pensar en… ¡no, basta! No quería pensar en Rory Kincaid.
Kim la observó con el ceño fruncido.
– ¿Qué te pasa?
Jilly abrió desmesuradamente los ojos y se sonrojó. ¿Había dicho algo o emitido algún sonido? Evidentemente debía empezar a tomar café descafeinado… café descafeinado y generosas raciones de coliflor. Finalmente carraspeó.
– Lo que pretendía decir es que Roderick Kincaid fue un cabrón, un cerdo cruel y con el corazón de piedra.
Solo un hombre cruel e insensible era capaz de ejercer los derechos a los que una adolescente ingenua había renunciado al firmar el acuerdo prematrimonial. Asquerosamente rico y poderoso, Roderick Kincaid y su legión de abogados habían redactado un acuerdo implacable e inamovible. Cuando echó a Kim, su séptima esposa, la dejó en la calle y se lo guardó todo para sí… incluida su hija pequeña.
Kim se abrazó a sí misma como si tuviese un escalofrío.
– De no ser por ti, al principio no habría sobrevivido. Siempre has sido quien me ha dado fuerzas y ánimo.
Jilly movió negativamente la cabeza.
– No te confundas, simplemente me enfurezco más que tú y permanezco cabreada más tiempo. Lo cierto es que ninguna de las dos habría sobrevivido sin la otra.
La dureza de aquella época también asaltó a Jilly. Todavía vestida de negro tras el funeral, arrugada y sucia después de pasar una noche conduciendo, furiosa pero decidida, de San Francisco a Los Ángeles, Jilly deambulaba por el local de Things Past cuando apareció Kim. Llevaba la maleta llena de ropa vintage que quería vender a fin de comprar un billete para irse de Los Ángeles. Jilly no tenía ni la más remota idea de cuánto costaba esa ropa y también andaba escasa de dinero.
Al enterarse, Kim se desplomó sobre la maleta y comenzó a llorar. Agotada y conmovida, Jilly hizo lo mismo. En cuanto se calmaron, sus historias comenzaron a fluir. Se entendieron a las mil maravillas y esa comprensión se convirtió en la base de su gran amistad.
