
Ambas tenían claro que el que Kim recuperase a Iris también ayudaría a curar a Jilly o, al menos, le aportaría un poco de paz.
De repente, Kim abrió desmesuradamente los ojos y parpadeó.
– ¡Madre mía, acabo de darme cuenta! ¿Qué te ha pasado? -inquirió, y recorrió con la mirada el desastrado vestido de noche de Jilly.
Skye sonrió a medias.
– Hubo un encuentro entre una mujer y una chinchilla.
– ¿Cómo?
– Iris tiene una mascota. Según me contó Rory Kincaid, se la regaló Greg.
La expresión de Kim fue de total incomprensión.
– ¿Has dicho Greg? ¿Te refieres al hermano de Rory?
– Supongo que sí. -Jilly se encogió de hombros-. Tengo la impresión de que también vive en la mansión.
Se hizo el silencio durante unos instantes y pareció que Kim volvía a sumirse en el pasado. Finalmente agitó la cabeza y volvió a centrar la mirada en su amiga.
– Jilly, me cuesta creer que lo hayas logrado. Háblame de Rory Kincaid. ¿Crees que se atendrá a razones?
Ante la mención de su nombre, la imagen de Rory cobró vida en la mente de Jilly. ¡Por favor…! Se apresuró a esbozar una alegre sonrisa.
– Concédeme un minuto. Subiré a cambiarme, ¿vale? Cuando baje te lo contaré todo.
Le pareció que era lo más adecuado, siempre y cuando consiguiese reducir a Rory a proporciones humanas.
En el minúsculo apartamento del primer piso, igual al de Kim y situado al otro lado del pasillo, Jilly se quitó el vestido de noche. Cogió unos vaqueros y una camiseta rosa, amplia y que llevaba bordado el nombre «Ángel». Luego se puso las zapatillas de color rosa chicle. Ya lo tenía. Esa ropa descartada por Kim era perfecta para decorar el escaparate. Y esa tarea era perfecta para evitar la conversación que Kim había iniciado. La intuición le decía que, en el caso de que se pusiera a hablar de Rory, su imaginación podría jugarle…
