Pasó lentamente junto a la desocupada casa del portero y subió por la calzada de acceso, escarpada y sinuosa. Se movió en el asiento e intentó acomodarse el vestido color carne, con el que prácticamente parecía que iba desnuda. Se convenció de que la reunión discurriría sin dificultades mientras se aferrase a la idea de que Rory Kincaid era como Bill Gates. «Bill Gates, Bill Gates, Bill Gates…», repitió para sus adentros, deseosa de que la idea calase hondo.

Se repitió por enésima vez que todo saldría bien. Pensó que un tío como el que ella imaginaba probablemente no notaría que iba exagerada o, mejor dicho, escuetamente vestida.


Alertado a través del intercomunicador de la verja de que su retrasada cita de la tarde había llegado por fin, Rory Kincaid salió de la mansión Caidwater, de estilo colonial español, respiró el aire invernal que, impertinentemente, rondaba los veintiséis grados e hizo una mueca de contrariedad.

La brisa seca arrastraba consigo el suave perfume a azahar y la fragancia más intensa de las crasulas en flor, por lo que contuvo el aliento.

A su alrededor los pájaros gorjearon estúpidamente y se sumaron a la alegría incesante del agua que borbotaba en las ocho fuentes de los ocho jardines temáticos que rodeaban la casa de cuarenta y cuatro habitaciones.

El sonido lo crispó.

Otra bocanada de aire demasiado caliente y dulzón lo rozó y su mueca se intensificó. A pesar de estar en enero, el sur de California parecía el paraíso, y a Rory le desagradaba enormemente.

Se dijo que, al fin y al cabo, era la época de la Super Bowl. Si no quedaba más remedio, podía prescindir de la lluvia y de la nieve, aunque no era demasiado pedir que en pleno invierno el aire fuese un poco más cortante. Los Ángeles se tomaba demasiado en serio su fama de ser la tierra de las fantasías y de los deseos hechos realidad. Siempre se había comportado de esa forma.



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