Los policías me acompañaron a mi oficina en Newark. Sabía que los abogados de la defensa pensarían que mi retraso no era más que una táctica, pero no podía remediarlo. Cuando entré en el despacho, los dos abogados de la defensa ya estaban sentados.

Uno de ellos, Mort Pubin, se levantó y se puso a aullar.

– ¡Hijo de puta! ¿Sabes la hora que es? ¿Lo sabes?

– Mort, ¿has adelgazado?

– No me vengas con esa mierda.

– Espera. No, no es eso. Estás más alto. Has crecido. Como un chico de verdad.

– Ya está bien, Cope. ¡Llevamos una hora esperando!

El otro abogado, Flair Hickory, siguió sentado con las piernas cruzadas, como si no tuviera ninguna preocupación en la vida. Era de Flair de quien yo estaba pendiente. Mort era ruidoso, mal hablado y exagerado. Flair era el abogado defensor que yo más temía. No era lo que uno esperaba. De entrada, Flair (juraba que era su nombre real, aunque yo tenía mis dudas) era gay. Vale, no es para tanto. Hay muchos abogados gays, pero Flair era gay, muy gay, como el hijo natural de Liberace y Liza Minnelli, criado sólo a base de Streisand y musicales.

Y no lo disimulaba en los juzgados, más bien le sacaba partido.

Flair dejó que Mort se desahogara un rato, dobló los dedos y se miró las uñas. Pareció satisfecho. Después levantó la mano e hizo callar a Mort con un gesto elegante.

– Ya está bien -dijo Flair.

Llevaba una camisa de color púrpura. O puede que fuera berenjena o vincapervinca, un tono de ésos. No entiendo mucho de colores. La camisa era del mismo color que el traje. Y que la ancha corbata. El mismo que el pañuelo de bolsillo. El mismo -Dios nos ampare- que los zapatos. Flair reparó en que me estaba fijando en su ropa.

– ¿Te gusta? -preguntó Flair.

– El dinosaurio Barney se une a Village People -dije.

Flair hizo una mueca.

– ¿Qué pasa?

– Barney y Village People -dijo, apretando los labios-. ¿No se te ha ocurrido una referencia pop más anticuada y sobada?



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