
Jake los conocía bien a todos, sus rostros eran como alfileres en su personal mapa de la guerra. Londres, después dejar la Columbia en el cuarenta y dos porque quería ver la contienda. El norte de África, donde por fin la presenció y acabó con un fragmento de metralla en el cuerpo. El Cairo, donde se estuvo recuperando y pasó largas noches bebiendo junto a Brian Stanley. Sicilia, desde donde echó de menos Palermo pero donde, de forma sorprenderte, acabó llevándose tan bien con Patton que, más adelante, después de Francia, volvió a unirse a él en su rápido avance hacia el este. Atravesaron Hesse y Turingia a una velocidad, días de avance y retroceso, de esperas intermitentes, al fin una guerra de pura adrenalina. Weimar y después, ya al final, Nordhausen y el campo de Dora, donde todo se detuvo. Allí pasaron dos días observando sin ser capaces de hablar siquiera. Al principio Jake había ido apuntando números, doscientos al día, pero luego también lo dejó. Una cámara filmó para los noticiarios las montañas de cadáveres con huesos protuberantes y genitales de trapo. Los vivos, con sus harapos de rayas y la cabeza afeitada, no tenían sexo.
El segundo día, en uno de los campos de trabajo de esclavos, un esqueleto lo cogió de la mano, se la besó y después se aferró a ella con una gratitud obscena mientras farfullaba algo en eslavo. ¿Polaco? ¿Ruso? Jake se quedó petrificado, intentando no oler, mientras sentía que su mano se combaba bajo el peso de ese fiero apretón.
– No soy soldado -dijo.
Sintió ganas de echar a correr, pero fue incapaz de apartar la mano, avergonzado, atrapado también; la historia que todos habían pasado por alto, la mano que no podías quitarte de encima.
