– Una semanita en tu antiguo hogar, ¿eh, chaval? -comentó Brian, haciendo bocina con las manos para que Jake lo oyera.

– ¿Ya habías estado en Berlín? -preguntó Liz con curiosidad.

– Vivió aquí. Fue uno de los chicos de Ed Murrow, encanto, ¿no lo sabías? -explicó Brian-. Hasta que los kartoffel lo echaron. Claro que… echaron a todo el mundo. En realidad no tuvieron más remedio, si te paras a pensarlo.

– ¿O sea que hablas alemán? -preguntó Liz-. Gracias a Dios que alguien habla el idioma.

– Deutsch de Berlín -respondió Brian por él, medio en burla.

– No me importa qué clase de Deutsch sea -repuso ella-, mientras sea Deutsch. -Le dio unas palmaditas a Jake en la rodilla-. Tú no te separes de mí, Jackson -dijo con voz radiofónica, y después añadió-: ¿Cómo era la ciudad?

Sí, ¿cómo era? Como una mordaza que se cerraba lentamente. Al principio todo eran fiestas, días calurosos junto a los lagos y cierta fascinación ante los acontecimientos. Jake se había trasladado allí para cubrir los Juegos Olímpicos de 1936. Su madre conocía a alguien que conocía a los Dodd, y eso le permitió disfrutar de cócteles en su embajada y de un asiento especial en el palco que los diplomáticos tenían en el estadio. Y de la gran fiesta de Goebbels en Pfaueninsel: árboles engalanados con miles de farolillos en forma de mariposas, oficiales pavoneándose por los senderos, borrachos de champán e importancia, vomitando entre los arbustos. Los Dodd estaban horrorizados. Él decidió quedarse. Los nazis proporcionaban titulares, y hasta un corresponsal a tiempo parcial podía vivir de rumores mientras veía cómo la guerra se acercaba un poco más cada día. Cuando firmó con la Columbia, la mordaza ya se había cerrado del todo y los rumores no eran más que pequeñas bocanadas de aire. La ciudad se había contraído tanto a su alrededor que al final acabó siendo un círculo cerrado: desde el Club de Prensa Extranjera



5 из 559