
– Era como Chicago -respondió.
Rotunda, enérgica y pagada de sí misma, una ciudad nueva que intentaba ser antigua. Torpes palacios de estilo guillermino que siempre parecían bancos, pero también chistes irónicos y el olor de la cerveza derramada. Una atmósfera mordaz, como en el Medio Oeste estadounidense.
– ¿Chicago? Pues ahora no se parecerá en nada a Chicago.
Esto último, sorprendentemente, acababa de decirlo el voluminoso civil vestido de traje que en el aeropuerto había sido presentado como congresista del norte de Nueva York.
– No, en nada -repuso Brian con malicia-. Estará todo patas arriba. Aunque, ¿qué no lo está? Todo el país ha quedado arrasado por las condenadas bombas. ¿Le importa que le haga una pregunta? Nunca lo he sabido. ¿Cómo hay que hablarle a un congresista? Quiero decir que si hay que dirigirse a usted con «el honorable».
– Técnicamente sí. Al menos eso es lo que dice en los sobres, pero en realidad sólo utilizamos el «congresista» o el «señor».
– Señor. Muy democrático.
– Sí, lo es -convino el congresista sin ningún sentido del humor.
