de Potsdamerplatz, subiendo por la lúgubre Wilhelmstrasse hasta el ministerio, para asistir a las dos sesiones informativas diarias, y luego más arriba, hasta el hotel Adlon, donde la Columbia tenía una habitación para Shirer y en cuyo bar elevado se reunían a comparar sus notas y contemplar a los oficiales de las SS, que holgazaneaban en la fuente de abajo con sus relucientes botas apoyadas en el borde, mientras las ranas de bronce escupían chorritos de agua en dirección al tragaluz. Después, por el Eje Este-Oeste hasta la emisora, en Adolf Hitler Platz, y las interminables discusiones con Nanny Wendt; más tarde en taxi hasta su casa, un apartamento con el teléfono intervenido y la vigilante mirada de Herr Lechter, el Blockleiter, que vivía en un piso arrebatado a unos desdichados judíos al final del pasillo. No se podía respirar. Pero eso había sido al final.

– Era como Chicago -respondió.

Rotunda, enérgica y pagada de sí misma, una ciudad nueva que intentaba ser antigua. Torpes palacios de estilo guillermino que siempre parecían bancos, pero también chistes irónicos y el olor de la cerveza derramada. Una atmósfera mordaz, como en el Medio Oeste estadounidense.

– ¿Chicago? Pues ahora no se parecerá en nada a Chicago.

Esto último, sorprendentemente, acababa de decirlo el voluminoso civil vestido de traje que en el aeropuerto había sido presentado como congresista del norte de Nueva York.

– No, en nada -repuso Brian con malicia-. Estará todo patas arriba. Aunque, ¿qué no lo está? Todo el país ha quedado arrasado por las condenadas bombas. ¿Le importa que le haga una pregunta? Nunca lo he sabido. ¿Cómo hay que hablarle a un congresista? Quiero decir que si hay que dirigirse a usted con «el honorable».

– Técnicamente sí. Al menos eso es lo que dice en los sobres, pero en realidad sólo utilizamos el «congresista» o el «señor».

– Señor. Muy democrático.

– Sí, lo es -convino el congresista sin ningún sentido del humor.



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