
Desde luego comprendía todas las razones de tal situación; no alcanzaba a entender, sin embargo, la mentalidad de los boni, que le parecían tan absolutamente estúpidos que superaban toda posibilidad de comprensión. Tampoco le servía de nada decirse que si él hubiera moderado un poco el impulso de poner en evidencia las ridículas carencias de aquellos hombres, quizás ellos habrían estado menos resueltos a derrocarlo. César tenía el genio vivo y no toleraba a los necios.
Bibulo. Él había sido el iniciador de aquello hacía treinta y tres años, durante el sitio de Mitilene, en la isla de Lesbos, a cargo de Lúculo. Bibulo. Tan insignificante y tan lleno de maldad que César lo había levantado en peso y colocado en lo alto de un armario, riéndose de él y dejándolo en ridículo ante los suyos.
Lúculo. Lúculo, el comandante en Mitilene, quien insinuó que César había obtenido una flota del decrépito rey de Bitinia prostituyéndose, acusación que los boni habían reavivado años después y utilizado en el Foro romano como parte de su campaña de difamación política. Otros hombres comían heces y violaban a sus hijas, pero César había vendido el culo al rey Nicomedes para conseguir una flota. Sólo el tiempo y los sensatos consejos de su madre habían quitado valor a la acusación por falta de pruebas. Lúculo, cuyos vicios eran repugnantes. Lúculo, el íntimo de Lucio Cornelio Sila.
