– En fin, señor Gaynor, supongo que no andará sobrado de tiempo, así que díganos: ¿cuánto tiempo hace que falleció el zombi que desea levantar?

– Así me gusta: directo al grano. -Gaynor se interrumpió y se quedó mirando hacia la puerta, por la que entraba una mujer.

Era alta, de piernas largas, rubia, y tenía los ojos de color azul zafiro. Llevaba un vestido, si es que podía llamárselo así, rosado de un tejido sedoso que se ceñía a su cuerpo ocultando lo que imponía la decencia, pero sin dejar mucho margen a la imaginación. Recorrió la alfombra con los pies embutidos en unos zapatos de tacón de aguja de color rosa, perfectamente consciente de estar acaparando las miradas masculinas.

Echó la cabeza hacia atrás y rió, pero no se oyó ningún sonido: su rostro se iluminó, movió los labios y le centellearon los ojos, pero todo en absoluto silencio, como si le hubieran apagado el volumen. Se apoyó con la cadera en Harold Gaynor y le pasó la mano por los hombros. Él le rodeó la cintura con un brazo, con lo que le subió más aún la falda, por si no fuera ya bastante corta.

¿Sería capaz de sentarse con ese vestido sin montar un espectáculo? Ni de coña.

– Les presento a Cicely -dijo Gaynor. La chica le enseñó a Bert unos dientes profident, con esa risita insonorizada que le hacía chispear los ojos. Cuando me miró a mí, le flaqueó la sonrisa y se le apagaron los ojos, mostrando un conato de inseguridad. Gaynor le dio unas palmaditas en la cadera, y ella recuperó la sonrisa y nos saludó con una inclinación de cabeza-. Quiero que levanten un cadáver de doscientos ochenta y tres años.

Me quedé mirándolo alucinada; no sabía si se daba cuenta de lo que pedía.

– Bueno -dijo Bert-, casi trescientos años; demasiados para levantar un zombi. La mayoría de los reanimadores sería incapaz, directamente.

– Soy consciente de ello -dijo Gaynor-; por eso he solicitado los servicios de la señorita Blake. Sé que ella puede hacerlo.



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