
El guardaespaldas rubio se apoyó en una estantería, pero no podía cruzarse de brazos: le faltaba chaqueta y le sobraban músculos. No es nada conveniente apoyarse en la pared para hacerse el duro si no se pueden cruzar los brazos: echa a perder el efecto.
– Ya han conocido a Tommy -dijo Gaynor. Señaló al otro guardaespaldas con un gesto y añadió-: Este es Bruno.
– ¿Te llamas así de verdad, o es un apodo? -le pregunté a Bruno, mirándolo a los ojos.
– Es mi nombre. -Se mostró ligeramente incomodado-. ¿Por qué? -me preguntó al ver que sonreía.
– Es que nunca había conocido a un guardaespaldas que se llamara Bruno de verdad.
– ¿Se supone que eso tiene gracia?
Negué con la cabeza. No era culpa del pobre Bruno; es como ser chica y llamarse Venus. Todos los Brunos tienen que ser guardaespaldas; es de cajón. ¿Policía, quizá? Nooo, era nombre de malo. Volví a sonreír.
Bruno se incorporó con un movimiento que denotaba fuerza y flexibilidad. No parecía ir armado, pero su presencia imponía. «Cuidado -decía-. Peligro.»
Supongo que no debería haber sonreído.
– Anita, por favor -interrumpió Bert-. Lo siento, señor Gaynor, señor… Bruno. La señorita Blake tiene un sentido del humor algo particular.
– No te disculpes en mi nombre, Bert; no me gusta. -Además, no sabía por qué se había molestado; tampoco es que hubiera pensado en voz alta.
– Bueno, bueno -dijo Gaynor-, no pasa nada. ¿Verdad, Bruno?
Bruno negó con la cabeza y me miró, más perplejo que enfadado.
Bert me lanzó una mirada asesina y se volvió, todo sonrisas, hacia el hombre de la silla de ruedas.
