
– ¿Anita? -Bert me miró. Yo nunca había levantado un muerto tan antiguo.
– Sí que puedo -dije. Bert y Gaynor intercambiaron una sonrisa, complacidos-. Pero no me da la gana.
Bert se volvió lentamente hacia mí; su sonrisa se había esfumado. La de Gaynor, en cambio, seguía en su sitio. Los guardaespaldas estaban inmóviles, y Cicely me miraba con amabilidad inexpresiva.
– Un millón de dólares, señorita Blake -dijo Gaynor con su voz suave y afable.
Vi que Bert tragaba saliva y que agarraba con fuerza los brazos del sillón. No había nada que se la levantara más que el dinero; seguro que no se le había empinado más en toda su vida.
– ¿Entiende lo que está pidiendo, señor Gaynor? -le pregunté.
Gaynor asintió.
– Yo suministraré la cabra blanca. -Su voz no había perdido ni un ápice de amabilidad, y seguía sonriendo, pero los ojos se le habían ensombrecido. Estaba inquieto, expectante.
– Vamos, Bert -dije poniéndome en pie-. Nos marchamos.
Bert me cogió del brazo.
– Siéntate, Anita, por favor. -Me quedé mirándole la mano hasta que me soltó. Su máscara de cordialidad se resquebrajó, dejándome ver la cólera que sentía, pero enseguida recuperó la compostura-. Es una remuneración muy generosa.
– Lo de «cabra blanca» es un eufemismo. Se refiere a un sacrificio humano.
Mi jefe miró a Gaynor y volvió a mirarme a mí. Me conocía lo suficiente para creerme, pero se resistía.
– No lo entiendo -dijo al fin.
– Cuanto más antiguo es el zombi, de mayor envergadura es la muerte necesaria para levantarlo -expliqué-. Y cuando han pasado unos siglos, no vale nada que esté por debajo de un sacrificio humano.
Gaynor había dejado de sonreír y me miraba con gesto sombrío. Cicely seguía con cara amistosa, casi sonriente. ¿Habría algo de seso detrás de aquellos ojos tan azules?
– Pero ¿de verdad quiere hablar de asesinatos delante de Cicely? -le pregunté.
