
Gaynor me brindó una sonrisa exagerada. Mala señal.
– No entiende una palabra de lo que decimos. Es sorda.
Me quedé mirándolo fijamente, y él asintió. Cicely me miraba confiada. Estábamos hablando de sacrificios humanos, y ella ni siquiera se daba cuenta; si sabía leer los labios, lo disimulaba muy bien. Supongo que hasta los minusválidos, digo los incapacitados, pueden frecuentar las malas compañías, pero a mí no me parecía bien.
– No soporto a las mujeres que cotorrean sin parar -dijo Gaynor.
– No trabajaría para usted ni por todo el oro del mundo -dije sacudiendo la cabeza.
– ¿Y no podrías matar un montón de animales, en vez de uno solo? -preguntó Bert. Como empresario será cojonudo, pero no tiene ni pajolera idea de reanimación.
– No -dije mirándolo fijamente.
El seguía quietecito en su sillón. La perspectiva de dejar escapar un millón de dólares le estaría dando retortijones, pero no se le notaba. Siempre tan competente en las negociaciones.
– Tiene que haber alguna forma de arreglarlo -dijo con voz tranquila y una sonrisa profesional. Seguía intentando llegar a un acuerdo; no entendía de qué iba todo aquello.
– ¿Conocen a alguien más que pueda reanimar un zombi de esta edad? -preguntó Gaynor.
Bert me miró, desvió la mirada hacia el suelo y luego la levantó en dirección a Gaynor. La sonrisa profesional había desaparecido; por fin le había entrado en la cabeza que hablábamos de asesinato. La pregunta era: ¿le importaría?
Siempre me había preguntado hasta dónde era capaz de llegar mi jefe, y estaba a punto de averiguarlo. Pero que yo no supiera si iba a rechazar el encargo dice mucho sobre él.
– No -dijo Bert en voz muy baja-. No, supongo que yo tampoco puedo ayudarlo, señor Gaynor.
– Si es cuestión de dinero, puedo aumentar la oferta, señorita Blake.
Un estremecimiento recorrió los hombros de Bert, pobre. Pero lo disimuló bien: un punto para él.
