
– No soy asesina a sueldo, señor Gaynor -dije.
– No es eso lo que tengo entendido -soltó Tommy, el rubio. Lo miré: seguía con los ojos vacuos, de autómata.
– No me dedico a matar personas por dinero.
– Se dedica a matar vampiros por dinero.
– Son mandamientos judiciales, y no lo hago por el dinero.
Tommy sacudió la cabeza y se apartó de la pared.
– Se dice que le gusta ensartar vampiros -dijo-… y que no tiene reparos en matar a quien sea para llegar hasta ellos.
– Me consta que ha matado a personas, señorita Blake -dijo Gaynor.
– Sólo en defensa propia. Nunca he asesinado a nadie.
– Creo que ya va siendo hora de que nos marchemos. -Bert se había puesto en pie.
Bruno se levantó con un movimiento fluido y se quedó con los brazos a los lados y las manazas medio cerradas. Seguro que era alguna postura de artes marciales. Tommy seguía de pie y se había abierto la cazadora para mostrar la pistola, como en las películas del Oeste. Era una Magnum 357; eso hacía agujeros muy grandes.
Me quedé plantada mirándolos; ¿qué otra cosa podía hacer? Igual era capaz de apañármelas con Bruno, pero Tommy iba armado, y yo no. Fin de la discusión.
Me trataban como si fuera peligrosísima. Con uno sesenta no impongo demasiado, pero basta con levantar muertos y matar vampiros para que la gente se lo piense mejor. A veces me sentaba mal que me trataran como a un monstruo, pero dadas las circunstancias… Se podía aprovechar.
– ¿De verdad creéis que he venido desarmada? -pregunté como quien no quiere la cosa.
Bruno miró a Tommy, que hizo un amago de encogerse de hombros.
– No, no la he cacheado -dijo. Cuando el negro soltó un bufido, añadió-: Pero no lleva pistola.
– ¿Quieres apostarte la vida? -pregunté sonriente mientras echaba la mano hacia atrás, lentamente; que pensaran que llevaba una pistolera en la espalda.
Tommy se puso tenso y flexionó los dedos junto a la pistola. Si desenfundaba, moriríamos, pero estaba dispuesta a volver del otro mundo para atormentar a Bert.
