
Sólo hacía dos años que el vampirismo era legal en los Estados Unidos. Seguía siendo el único país que lo había legalizado, pero a mí no me miréis, que yo no voté a favor. Si hasta se había montado un movimiento por el sufragio vampírico. Por aquello de «no al pago de impuestos sin derechos ciudadanos» y toda la pesca.
Dos años antes, si un vampiro se metía con alguien, iba yo, le clavaba una estaca al muy cabrón y fin de la historia. Pero ahora tenía que solicitar una orden judicial de ejecución. Si no la tenía y me pillaban, podían acusarme de asesinato. Cómo echaba de menos los viejos tiempos.
En el escaparate había un maniquí rubio con suficiente encaje blanco para ahogarse en él. Los encajes, las perlas cultivadas y las lentejuelas nunca han sido santo de mi devoción. Las lentejuelas en particular. Había acompañado dos veces a Catherine a elegir el traje de novia, pero no tardé en darme cuenta de que no le serviría de gran ayuda: no había ni uno que me gustara.
Catherine era una gran amiga; si no, no habría ido allí ni de coña. Me decía que ya cambiaría de opinión cuando me casara. Pero la verdad es que dudo que enamorarse implique la pérdida del buen gusto. Que me peguen un tiro si algún día me compro un vestido con lentejuelas.
Tampoco habría mirado dos veces los vestidos que Catherine eligió para las damas de honor; pero fue culpa mía, por no haber ido el día de la votación. Trabajaba demasiado y odiaba ir de compras. Total, que terminaron clavándome ciento veinte dólares más impuestos por un vestido rosa de tafetán, que parecía salido de un baile de fin de curso.
Cuando entré en el local no se oía nada más que el runrún del aire acondicionado. Los tacones se me hundían en la moqueta, de un gris tan claro que casi parecía blanco. La señora Cassidy, la encargada, me vio entrar. La sonrisa se le desdibujó durante un instante, pero la recuperó en cuanto consiguió controlarse. Qué valiente, la señora Cassidy.
