
Le devolví el gesto, aunque no me hacía ninguna gracia la hora que tenía por delante.
La señora Cassidy andaría entre los cuarenta y los cincuenta. Era delgada; tenía el pelo de un rojo tan oscuro que casi parecía castaño, y lo llevaba recogido con un moño a lo Grace Kelly. Se ajustó las gafas de montura dorada.
– Veo que ha venido a la última prueba, señorita Blake.
– Espero que de verdad sea la última -dije.
– Bueno, hemos estado ocupándonos del… problemilla. Y creo que hemos dado con una solución.
Detrás del mostrador había una pequeña habitación llena de trajes envueltos en plástico. La señora Cassidy sacó el mío de entre dos vestidos rosa idénticos, se lo colgó del brazo y avanzó hacia los probadores con la espalda muy rígida, entrando en calor para la batalla inminente. Yo no necesitaba calentar; siempre estaba lista para el combate. Aunque tener que discutir de trapitos con la señora Cassidy era mil veces peor que vérselas con Tommy y Bruno. Mira que la cosa podría haber terminado mal, pero por suerte no había pasado a mayores. Gaynor me los había quitado de encima. «De momento», había dicho.
¿Qué habría querido decir exactamente? Probablemente, sólo eso. Yo había dejado a Bert en la oficina, todavía alterado por la experiencia. No estaba acostumbrado a la parte sórdida y violenta del negocio; del trabajo sucio nos encargábamos Manny, Jamison, Charles y yo, los reanimadores de Reanimators, Inc. Bert se quedaba a salvo en su agradable despacho y nos enchufaba a nosotros los clientes y los problemas. Hasta aquel día.
La señora Cassidy colgó el vestido del gancho de un probador y se alejó. Antes de que yo entrara se abrió la puerta de otro probador, y salió Kasey, la niña de ocho años que iba a llevar las flores en la boda de Catherine. Tenía el ceño fruncido. Su madre, aún con traje de oficina, la siguió. Elizabeth Markowitz, que se empeñaba en que la llamáramos Elsie, era alta, delgada, morena y de piel cetrina. Y era abogada. Trabajaba con Catherine, y también le tocaba ser dama de honor.
