Kasey parecía una versión reducida y suavizada de su madre.

– Hola, Anita. ¿Verdad que estoy ridícula con este vestido? -dijo en cuanto me vio.

– Venga, Kasey -dijo Elsie-, es un vestidito precioso. Esos volantitos rosa son chulísimos.

En mi opinión, más que un vestido parecía una petunia inflada de esteroides. Me quité la chaqueta y entré en el probador para evitar la tentación de abrir la bocaza.

– ¿Esa pistola es de verdad? -preguntó Kasey.

No me había dado cuenta de que todavía la llevaba.

– Sí -contesté.

– ¿Eres policía?

– No.

– Kasey Markowitz, haces demasiadas preguntas. -Su madre la reprendió mientras se me acercaba con una sonrisa de agobio-. Lo siento, Anita.

– No pasa nada -dije.

Unos minutos después estaba subida a una plataforma y rodeada por un círculo de espejos casi perfecto. Algo es algo: con los zapatos a juego, rosa y de tacón, el vestido tenía la longitud adecuada. La pena es que también tenía unas mangas de farol minúsculas y dejaba los hombros al aire, así que se me veían casi todas las cicatrices.

La más reciente era la del antebrazo derecho, que todavía no se había curado del todo y estaba rosada. Pero no era más que una herida de cuchillo; algo pulcro y limpio en comparación con el resto. La del hombro izquierdo no estaba mal: a un vampiro le había dado por morderme y no soltar, como un perro con un trozo de carne, y me había partido la clavícula y el brazo. También tenía una quemadura con forma de cruz en el antebrazo izquierdo. Los siervos humanos de algún vampiro se habían sentido imaginativos y encontraron divertido hacérmela. A mí no me hizo ni pizca de gracia.



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