Parecía la novia de Frankenstein en el baile de graduación. Vale, puede que no fuera para tanto, pero a la señora Cassidy le parecía terrible: estaba convencida de que las cicatrices iban a distraer la atención del vestido, la fiesta y la novia. Catherine, la novia en cuestión, no estaba de acuerdo: creía que yo merecía participar en su boda, porque éramos muy buenas amigas. Y debíamos de serlo, porque yo estaba pagando una fortuna para que me humillaran en público.

La señora Cassidy me dio unos guantes largos de satén rosa. Me los enfundé hasta el final. Nunca me han gustado los guantes; cuando los llevo, tengo la impresión de que estoy tocando el mundo a través de una cortina. Pero esos espantos brillantes y rosados me cubrían los brazos y ocultaban las cicatrices. Hala, qué pinta de niña buena. Ya.

La mujer ahuecó la falda de raso y me miró en el espejo.

– Yo diría que va a funcionar. -Se enderezó para mirarme, dándose golpecitos en el carmín de los labios con una uña pintada-. Creo que he dado con algo para cubrir esa…, esto…, eso. -Hizo unos gestos vagos en mi dirección.

– ¿La cicatriz de la clavícula? -pregunté.

– Sí -contestó, aliviada.

De repente caí en la cuenta de que la señora Cassidy no había pronunciado en ningún momento la palabra cicatriz. Le debía de parecer sucia o grosera. Me miré en el círculo de espejos y sonreí, haciendo un verdadero esfuerzo por contener las carcajadas. Pero cuando me tendió un amasijo de cintas rosa y flores de azahar falsas se me pasaron las ganas de reír.

– ¿Qué es eso? -pregunté.

– Esto -dijo, avanzando hacia mí- es la solución de nuestro problema.

– Vale, pero ¿qué es?

– Es una gargantilla, un complemento.

– ¿Me lo tengo que poner en el cuello?

– Sí.

– Ni de coña -dije, negando con la cabeza.



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