
– Señorita Blake, he probado lo posible y lo imposible para ocultar esa… marca. Sombreros, peinados, cintas, prendidos de flores… -enumeró, levantando los brazos en un sincerísimo gesto de rendición-. Ya no sé qué más hacer.
Me lo creía. Respiré profundamente.
– La entiendo, señora Cassidy, de verdad. Sé que soy peor que un grano en el culo.
– Jamás he dicho eso.
– Lo sé; por eso me toca decirlo a mí. Pero esto es el repollo con lazos más espantoso que he visto en mi vida.
– Si se le ocurre algo mejor, señorita Blake, soy toda oídos. -Hizo lo que hacen las personas elegantes en vez de cruzarse de brazos. El «complemento» le colgaba casi hasta la cintura.
– Es enorme -protesté.
– Servirá para ocultar su… cicatriz -dijo por fin, apretando los labios.
Casi se me escapó un aplauso. La doña había conseguido decir la palabrota. ¿Se me ocurría algo mejor que aquel adefesio? Pues no. Suspiré.
– Vale. Póngamelo. Lo mínimo que puedo hacer es ver cómo queda.
– Apártese el pelo, por favor -dijo muy sonriente.
Obedecí, y me puso la gargantilla. El encaje picaba; las cintas me hacían cosquillas, y no me atrevía ni a mirarme al espejo. Cuando hice de tripas corazón, levanté la vista lentamente y me limité a poner unos ojos como platos.
– Es una suerte que tenga el pelo largo -dijo la señora Cassidy -. Yo misma se lo peinaré el día de la boda para darle el último toque al camuflaje.
La cosa que llevaba alrededor del cuello era como un híbrido entre un collar de perro y un prendido de flores para la muñeca más grande del mundo. Las cintas brotaban de mi cuello como setas después de la lluvia. Era horripilante, y ningún peinado podría arreglarlo. Pero, mira tú por dónde, de la cicatriz no quedaba ni rastro. ¡Tachán!
Sacudí la cabeza. ¿Qué podía decir? La señora Cassidy interpretó mi silencio como una capitulación. Más quisiera. Menos mal que justo entonces sonó el teléfono y nos ahorró otro disgusto.
