
– Vuelvo enseguida, señorita Blake.
Se alejó, clavando silenciosamente los tacones en la moqueta. Me miré en los espejos. Tengo el pelo negro y los ojos marrones, tan oscuros que parecen negros. Es la herencia latina de mi madre. La tez clara me viene de la sangre germánica de mi padre. En cuanto me maquillo un poco parezco una muñeca de porcelana. Y con un vestido rosa inflado tengo un aspecto frágil, delicado y diminuto. Mierda.
Las otras damas de honor medían un metro setenta y cinco como mínimo. Y hasta era posible que a algunas les quedara bien el vestido, pero me extrañaría. Para colmo de males, teníamos que usar miriñaque. Me estaba entrando complejo de subproducto de Lo que el viento se llevó.
– Bueno, bueno, si está preciosa…
La señora Cassidy había vuelto y me miraba sonriente.
– Parezco un merengue rosa.
A ella se le desdibujó la sonrisa y tragó saliva.
– Por lo visto, tampoco le ha gustado esta idea -dijo con la voz muy tensa.
Elsie Markowitz salió de los probadores. Kasey iba detrás, con cara de pocos amigos. No era para menos; la entendía perfectamente.
– Anita -dijo Elsie-, estás estupendísima.
Ah. Estupendísima, justo lo que me faltaba por oír.
– Gracias.
– Me encanta la gargantilla. ¿Sabes que todas vamos a llevar una igual?
– Cuánto lo siento -repliqué.
Frunció el ceño.
– A mí me parece que va muy bien con el vestido.
Me tocó a mí arrugar la frente.
– No lo dirás en serio.
– Por supuestísimo que sí. -Elsie se había quedado a cuadros-. ¿Qué pasa? ¿Acaso no te gustan estos vestidos?
Decidí mantener la boca cerrada para no ofender a nadie. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa se puede esperar de una mujer que tiene un nombre tan bonito como Elizabeth pero prefiere que la llamen como a un caniche?
