
– ¿Está completamente segura de que no queda nada más que podamos usar de camuflaje, señora Cassidy? -pregunté.
Ella asintió. Una vez, pero con firmeza.
Suspiré y sonrió. Había ganado, y lo sabía. Yo supe que estaba derrotada en cuanto vi el vestido, pero ya que me tocaba perder, tenía que hacerle pagar el pato a alguien.
– Vale, me rindo. Me lo pondré.
La señora Cassidy sonrió encantada; Elsie sonrió a secas, y Kasey sonrió con complicidad. Me levanté la falda hasta las rodillas y bajé de la plataforma. El miriñaque giró como una campana, y yo tuve la sensación de ser el badajo.
En aquel momento sonó el teléfono, y la señora Cassidy fue a contestar. Caminaba flotando en una nube: se libraba de mí. ¿Qué mayor dicha se le podía pedir a una tarde?
Yo hacía esfuerzos ímprobos por sacar la enorme falda a través de la puerta de la zona de los probadores cuando me llamó.
– Señorita Blake, es para usted. Un inspector de policía, el sargento Storr.
– ¿Ves, mamá? -dijo Kasey-. Ya te dije que era poli.
No di explicaciones; hacía unas semanas, Elsie me había rogado discreción. Consideraba que Kasey era demasiado pequeña para oír hablar de reanimadores, zombis y ejecuciones de vampiros. Y no sería porque los críos de ocho años no supieran qué era un vampiro; eran el acontecimiento mediático de la década.
Traté de llevarme el teléfono al oído, pero las putas flores no me dejaban. Sostuve el auricular entre el cuello y el hombro, y estiré la mano para desabrocharme la gargantilla.
– Hola, Dolph. ¿Qué hay?
– ¿Puedes venir a la escena de un crimen? -Su voz era agradable, como la de un tenor.
– ¿Qué tipo de crimen?
– De los bestias.
Cuando por fin conseguí quitarme la cosa, se me cayó el teléfono.
– ¿Estás ahí, Anita?
– Sí, es que tengo un problemilla de vestuario.
– ¿Qué?
– Nada, nada. ¿Por qué quieres que vaya?
– Quien lo haya hecho no es humano.
