
– ¿Un vampiro?
– Tú eres la especialista. Por eso prefiero que vengas a echar un vistazo.
– De acuerdo. Dame la dirección, y salgo para allá. -Al lado del teléfono había una libreta de papel rosa claro con corazoncitos, y un boli con un Cupido de plástico en la punta-. Saint Charles -repetí, mientras apuntaba-. Estoy a un cuarto de hora.
– Bien. -Colgó sin despedirse.
– Hasta ahora, Dolph -dije sólo para sentirme superior. Volví al probador para cambiarme.
Aquel día me habían ofrecido un millón de dólares, sólo por matar a alguien y reanimar a un zombi. Después había tenido que ir a probarme el vestido de dama de honor. Y ahora tocaba un asesinato y, según Dolph, de los bestias. Joder con la tardecita.
TRES
«De los bestias», había dicho Dolph. Se había quedado más que corto. Todo estaba lleno de sangre, como si hubieran rociado de pintura las paredes blancas. Una sábana carmesí ocultaba la mayor parte de un sofá blanquecino estampado con flores marrones y doradas. Las pulcras ventanas dejaban pasar un rectángulo de luz de la tarde que daba a la sangre un tono rojo cereza resplandeciente.
La sangre de verdad tiene un color más vivo que el que se ve en el cine y la televisión; en grandes cantidades es de un rojo tomate muy intenso, pero si es más oscura queda mejor en la pantalla. Toma realismo.
Sólo es roja, verdaderamente roja, cuando está fresca. Aquella ya llevaba tiempo allí y debería haberse apagado, pero el juego de luces la mantenía como nueva.
Tragué saliva con dificultad y respiré profundamente.
– Te estás poniendo verde, Blake -dijo una voz casi encima de mí. Di un salto, y Zerbrowski rió-. ¿Te he asustado?
– No -mentí.
El inspector Zerbrowski medía aproximadamente uno setenta y tenía el pelo moreno rizado, algo canoso. Unas gafas de pasta le enmarcaban los ojos marrones. Tenía el traje marrón arrugado, y una mancha, probablemente de la comida, le decoraba la corbata amarilla y marrón. Me sonreía, como siempre.
