
– Te he pillado, Blake, reconócelo. ¿Nuestra intrépida cazavampiros va a echar la pota encima de las víctimas?
– Te están saliendo flotadores, ¿eh, Zerbrowski?
– Oooh, qué disgusto. -Se llevó las manos al pecho y se contoneó-. No me digas que ya no me deseas tanto como yo a ti.
– Corta el rollo. ¿Dónde se ha metido Dolph?
– En el dormitorio principal. -Alzó la mirada al tragaluz del techo abovedado-. Ojalá Katie y yo pudiéramos permitirnos una casa así.
– Sí, no está mal. -Miré el sofá; la sábana se pegaba a lo que tuviera debajo, como cuando se cae el zumo y se deja un trapo encima. Había algo que no encajaba. Entonces caí en la cuenta: el bulto de debajo no podía ser un cuerpo humano completo. Fuera lo que fuera, le faltaban trozos.
La habitación empezó a dar vueltas, y aparté la vista, tragando saliva convulsivamente. Hacía meses que no se me revolvía el estómago en la escena de un crimen. Por lo menos, el aire acondicionado estaba encendido; algo es algo: con bochorno huele peor aún.
– Oye, en serio, ¿necesitas salir? -Zerbrowski me sujetó por el brazo como si fuera a llevarme a la puerta.
– Estoy bien, gracias -volví a mentir, mirándolo a los ojos, aunque no lo engañé. No es que estuviera bien, pero aguantaría.
Me soltó el brazo y se apartó.
– Me encantan las chicas duras. -Me saludó con sorna.
– Vete al guano. -No pude evitar sonreír.
– Al final del pasillo, abre la última puerta de la izquierda y verás a Dolph.
Se perdió entre la multitud. Una escena del crimen es como un enjambre: repleta de actividad frenética y gente apiñada. Y no me refiero a los curiosos, que se quedan fuera, sino a los policías de uniforme y de paisano, a los técnicos, al tipo de la cámara de vídeo,… Me abrí paso entre el gentío con la identificación plastificada en la solapa de la chaqueta azul marino, para que los policías supieran que no me había colado y, de paso, para que no se preocuparan al verme armada.
