Mientras superaba el atasco que se había formado junto a una puerta, en mitad del pasillo, capté unas pocas frases sueltas. «Dios, cuánta sangre.» «¿Ya han encontrado el cadáver?» «Te refieres a lo que queda de él?… Aún no.»

Me abrí paso entre dos policías de uniforme, y uno de ellos protestó. Encontré un hueco libre justo delante de la última puerta de la izquierda; no sé cómo se las habría arreglado Dolph, pero estaba solo en la habitación. Igual acababan de salir los demás.

Estaba arrodillado en mitad de una moqueta color arena con las manos regordetas, enfundadas en guantes de látex, apoyadas en los muslos. Llevaba el pelo negro tan corto que sus orejas parecían varadas a los lados de la cara redonda. Se puso en pie al verme entrar. Medía más de dos metros y tenía la constitución de un luchador; de repente, la cama con dosel pareció minúscula.

Dolph dirigía la Santa Compaña, la brigada policial de creación más reciente. Oficialmente se llamaba Brigada Regional de Investigación Preternatural, o simplemente, BRIP. Se ocupaba de todos los delitos relacionados con lo sobrenatural, y en ella acababan todos los agentes problemáticos. Sabía perfectamente por qué habían destinado allí a Zerbrowski: tenía un sentido del humor retorcido y despiadado. Pero Dolph era el policía perfecto; sospechaba que le había tocado los cojones a alguien de arriba, y no me extrañaría que hubiera sido por exceso de celo.

Junto a él, en la alfombra, había otro bulto tapado con una sábana.

– Anita. -Siempre habla igual: ahorrando palabras.

– Dolph -contesté.

Se arrodilló entre la cama y la sábana empapada de sangre.

– ¿Preparada?

– Sé que lo tuyo no es hablar, pero ¿te importaría decirme qué se supone que busco?

– Quiero saber qué ves, no que me digas lo que yo te haya dicho que veas. -Viniendo de Dolph era todo un discurso.



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