
– De acuerdo. Vamos allá.
Despegó la sábana de la cosa ensangrentada de debajo. Miré y volví a mirar, pero sólo conseguía ver un montón de carne sanguinolenta. Podría ser de vaca, de caballo, de ciervo…, pero ¿humana? Imposible del todo.
Mis ojos lo registraban, pero mi cerebro se negaba a procesarlo. Me acuclillé al lado, con la falda recogida bajo los muslos. La moqueta hacía chof cuando la pisaba, como si le hubiera llovido encima, pero yo sabía que no era lluvia.
– ¿Tienes unos guantes de sobra? Me he dejado las cosas en la oficina.
– Bolsillo derecho de la chaqueta. -Levantó las manos; tenía los guantes manchados de sangre-. Cógelos tú; mi mujer no soporta que le manche de sangre los trajes.
Sonreí. Asombroso; a veces, el sentido del humor se vuelve obligatorio. Tuve que extender los brazos por encima de los restos para sacar un par de guantes de talla única. Los guantes de látex tienen un tacto polvoriento, y me dan la impresión de estar poniéndome condones en las manos.
– ¿Puedo tocar sin miedo de estropear pruebas?
– Sí.
Tanteé con dos dedos. Era consistente, como un corte de ternera. Hasta que noté las costillas bajo la carne no caí en la cuenta de qué había estado viendo. Era un trozo de caja torácica humana: la parte del hombro, con el hueso blanco a la vista donde habían arrancado el brazo de cuajo. Eso era todo. Nada más. Me puse de pie tan deprisa que me tambaleé. Más chof en la moqueta.
De repente hacía un calor sofocante. Me aparté del despojo y me encontré delante de un tocador, con el espejo tan lleno de sangre que parecía un muestrario de laca de uñas. Rojo cereza, Carmesí de carnaval, Manzana caramelizada.
Cerré los ojos y conté hasta diez muy despacio. Cuando los abrí tuve la impresión de que había bajado la temperatura. Entonces me di cuenta de que había un ventilador de techo encendido. Ah, sí, me encontraba perfectamente. La cazavampiros que no se arredra ante nada. Y qué más.
