
Dolph no dijo nada cuando volví a arrodillarme junto a aquello; ni siquiera me miró. Qué gran tipo. Intenté examinar la carne con objetividad y ver lo que tuviera que ver, pero ya no resultaba tan fácil. Era más llevadero cuando no sabía a qué parte del cuerpo correspondía. No lograba ver nada que no fueran los restos sanguinolentos, ni dejar de pensar que aquello había sido un cuerpo humano. Lo había sido: ahí estaba la clave.
– No veo nada que indique el uso de armas, aunque eso te lo podrá decir el forense. -Alargué la mano para volver a tocarlo, pero me detuve-. ¿Me ayudas a levantarlo para que pueda ver la cavidad pulmonar? O lo que quede de ella…
Dolph soltó la sábana y me ayudó a ladear los restos. No había nada debajo de las costillas; los órganos habían desaparecido. Tenía todo el aspecto de un costillar de ternera, con excepción de la parte de arriba, donde quedaba un trozo de clavícula.
– De acuerdo -dije sin aliento. Me puse en pie, con las manos ensangrentadas apartadas de los costados-. Tápalo, por favor.
El inspector colocó la tela de nuevo y se levantó.
– ¿Qué impresión tienes?
– Violencia. Mucha violencia. Una fuerza sobrehumana, como si hubieran descuartizado el cadáver con las manos.
– ¿Por qué con las manos?
– No hay marcas de cuchillo. -Intenté reír, pero me atraganté-. Casi diría que usaron una sierra de carnicero, pero los huesos… -Sacudí la cabeza-. Esto no lo han hecho con nada mecánico.
– ¿Algo más?
– Sí. ¿Dónde está lo que falta?
– Desde aquí, la segunda puerta de la izquierda.
– ¿El resto del cadáver? -Volvía a hacer demasiado calor.
– Echa un vistazo y dime qué ves.
– Coño, Dolph, ya sé que no te gusta influir en los peritos, pero no quiero ir a ciegas. -Se limitó a mirarme-. Por lo menos, dime una cosa.
