
– A ver. ¿Qué?
– ¿Es peor que esto?
Pareció meditar la respuesta.
– No. Y sí.
– Vete a la mierda.
– Lo entenderás cuando lo veas.
No quería entenderlo. A Bert le había encantado que la policía me contratara de asesora, y me había dicho que así ampliaría mi experiencia. Pero lo único que se había ampliado era la gama de mis pesadillas.
Dolph encabezó la marcha hacia la siguiente cámara de los horrores. En realidad, yo no quería ver el resto del cadáver; sólo quería irme a casa. Dolph se quedó pensativo frente a la puerta cerrada hasta que lo alcancé. En la puerta había un conejo de cartón, como en Pascua, y debajo, un cartel en punto de cruz: cuarto del bebé.
– Dolph -dije en voz baja. El ruido del salón llegaba atenuado.
– ¿Sí?
– Nada, nada.
Me llené los pulmones y solté todo el aire. Podía hacerlo. Podía hacerlo. Virgen santa, no quería hacerlo. Recé entre dientes mientras la puerta se abría hacia dentro. Hay ocasiones en las que no se puede seguir adelante sin un poco de inspiración divina, y sospechaba que estaba ante una de ellas.
La luz del sol entraba por una ventana pequeña de cortinas blancas, con patitos y conejitos cosidos en los bordes. Las paredes azul celeste estaban decoradas con recortes de animales. No había cuna, sino una de esas camas infantiles con media barandilla que no sé cómo se llaman.
Allí no había tanta sangre, gracias a Dios, para que luego digan que no atiende los ruegos. Pero en un rectángulo de luz intensa de agosto había un osito recubierto de sangre. Un ojo de vidrio redondo me miraba con sorpresa desde el peluche apelmazado.
Me arrodillé junto a él. La moqueta no hizo chof; no estaba pringada de sangre. ¿Qué leches pintaba allí un osito lleno de sangre coagulada? Por lo demás, no parecía que hubiera más sangre en la habitación. ¿Lo habrían colocado allí a propósito? Levanté la mirada y vi una cómoda blanca con más conejitos pintados, y es que hay gente que no se complica la vida con la decoración. La huella de una mano había quedado marcada nítidamente en la superficie blanca; me acerqué a gatas para calibrar su tamaño. Tengo las manos bastante pequeñas, más que la mayoría de las mujeres, pero la que había dejado la huella era diminuta. Dos o tres años, quizá cuatro. Paredes azules: probablemente era un niño.
