
– ¿Cuántos años tenía el niño?
– En el dorso de la foto del salón pone: «Benjamín Reynolds, tres años».
– Benjamín -susurré, mirando la huella de la mano ensangrentada-. En esta habitación no hay ningún cadáver; aquí no han matado a nadie.
– No.
– ¿Por qué querías que la viera? -le pregunté desde el suelo.
– Si no lo ves todo, tu opinión no sirve de nada.
– Voy a tener pesadillas con ese puto osito.
– Y yo.
Me levanté y estuve a punto de alisarme la falda; no os hacéis una idea de la cantidad de veces que me toco la ropa sin darme cuenta y me la pringo de sangre. Pero aquel día no.
– ¿Lo del sofá del salón es el cadáver del niño? -pregunté rezando para que no fuera así.
– No.
– Gracias a Dios. ¿Es de la madre?
– Sí.
– ¿Y el niño?
– No lo hemos encontrado. -Titubeó un momento e hizo la pregunta-: ¿Crees que se lo ha comido entero?
– ¿De forma que no quede nada que encontrar, quieres decir?
– Sí. -Había palidecido. Y supongo que yo también.
– Es posible, pero ni siquiera los nomuertos pueden comer tanto. -Respiré profundamente-. ¿Hay algún indicio de… regurgitación?
– Regurgitación. -Sonrió-. Bonita palabra. No, no parece que el bicho haya vomitado. Por lo menos, no por nada que hayamos visto.
– Entonces, es probable que el niño esté en algún lado.
– ¿Podría seguir vivo?
Levanté la vista hacia él. Quería contestar que sí, pero estaba casi segura de que no, así que me quedé en tierra de nadie:
