
– Ni idea. -Dolph asintió, y yo cambié de tema-. Ahora toca el salón, ¿no?
– No.
Salió de la habitación sin decir nada más, y lo seguí; ¿qué otra cosa podía hacer? Pero no me di prisa. Si le iba hacer de poli duro y lacónico, que esperase.
Doblé la esquina, siguiendo sus espaldas anchas, y atravesamos el salón hasta llegar a la cocina, donde una puerta corredera de cristal dejaba ver la terraza. Había cristales por todas partes, que destellaban bajo otro tragaluz. Era una cocina inmaculada que parecía sacada de un anuncio, toda llena de baldosas azules y madera clara.
– Qué bonito -dije.
Vi gente en el jardín; se habían trasladado al exterior. El seto los ocultaba de la vista de los vecinos curiosos, como había ocultado al asesino la noche anterior. En la cocina sólo quedaba un inspector tomando notas junto al fregadero reluciente.
Dolph me indicó con un gesto que mirase bien.
– Vale -dije-. Algo atravesó la puerta de cristal. Tuvo que hacer muchísimo ruido, y se oiría aunque estuviera puesto el aire acondicionado.
– ¿Tú crees?
– ¿Algún vecino oyó algo?
– Nadie lo reconoce.
Asentí, pensativa.
– Se rompe el cristal. Alguien, probablemente el hombre, se asoma a ver qué ha pasado; hay estereotipos sexistas que no suelen fallar.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Dolph.
– El aguerrido cazador que protege a su familia.
– De acuerdo, salió el hombre. ¿Qué pasó después?
– Llega, ve lo que ha entrado por la ventana y avisa a gritos a su mujer. Probablemente le dice que se marche. Que coja al niño y salga corriendo.
– ¿Y por qué no que llame a la policía?
– No he visto ningún teléfono en el dormitorio. -Señalé con un gesto el de la pared de la cocina y añadí-: Puede que este sea el único, y para llegar hasta él habría que pasar por encima del hombre del saco.
– Sigue.
Me volví para mirar el salón; desde allí se veía el sofá, cubierto por la sábana.
