
– El intruso, fuera lo que fuera, atacó al hombre y lo dejó fuera de juego, pero no lo mató.
– ¿Por qué lo dices?
– ¿Esto es un examen o qué? Casi no hay sangre en la cocina; se lo comió en el dormitorio, y no creo que se dedicara a llevarlo a rastras después de matarlo. Lo perseguiría hasta la habitación y lo mataría allí.
– No está mal. ¿Quieres inspeccionar el salón?
La verdad es que no quería, pero no lo dije en voz alta. De la mujer quedaban más restos, y tenía el torso casi intacto. Le habían envuelto las manos en bolsas de papel, y habían extraído muestras de debajo de las uñas. Esperaba que sirvieran de ayuda. Los ojos del cadáver, muy abiertos, estaban clavados en el techo, y la chaqueta empapada del pijama se pegaba al lugar que había ocupado la cintura. Tragué saliva y levanté la prenda con el índice y el pulgar.
La columna vertebral resplandeció al sol, blanca y húmeda, colgando como un cable arrancado del enchufe.
– La desgarraron, como al… hombre del dormitorio.
– ¿Cómo sabes que era un hombre?
– Si no había nadie más, tenía que ser el hombre. No tenían invitados, ¿verdad?
– No que sepamos -dijo Dolph negando con la cabeza.
– Entonces es el hombre, porque la mujer conserva las costillas y los brazos. -Intenté contener la cólera de mi voz; Dolph no tenía la culpa-. No trabajo en la policía, así que ¿te importaría dejar de preguntarme cosas que ya sabes?
– De acuerdo -dijo asintiendo-. A veces me olvido de que no eres uno de los chicos.
– Gracias, supongo.
– Ya me entiendes.
– Sí, y hasta sé que es un cumplido, pero ¿podemos seguir hablando fuera?
– Claro. -Se quitó los guantes ensangrentados y los dejó en una bolsa de basura que había en la cocina. Lo imité.
El calor me apresó como una envoltura de plástico, pero fuera me sentí mejor, más limpia. Me llené varias veces los pulmones de aire caliente y húmedo. Ah, el verano.
