– Sí.

– Esto es increíble -dije con un suspiro-. De acuerdo: Manny Rodríguez, Peter Burke y… -Me detuve antes de pronunciar el tercer nombre.

– ¿Qué pasa?

– Nada, que acabo de acordarme de que tengo que ir al entierro de Burke, así que no te sirve de sospechoso.

Dolph me miraba sin disimular su desconfianza.

– ¿Estás segura de que no puedes darme más nombres?

– Te avisaré si se me ocurre alguien más -solté sin flaquear, toda sinceridad. Nada por aquí, nada por allá.

– Eso espero.

– Faltaría más.

Dolph sonrió y sacudió la cabeza.

– ¿A quién intentas proteger?

– A mí. -Me miró extrañado-. Digamos que no quiero que nadie se enfade conmigo.

– ¿Alguien concreto?

– Parece que va a llover.

– Joder, Anita, necesito tu ayuda.

– Ya te he ayudado.

– El nombre.

– Tranquilo. Espera a que haga unas averiguaciones y, si eso, ya te diré algo.

– Oh, qué generosa. -Un tono rojizo le iba subiendo por el cuello. Nunca había visto a Dolph enfadado, pero algo me decía que estaba a punto.

– El primer asesinato fue de un vagabundo; creímos que se lo habían comido los algules mientras dormía la mona, porque estaba cerca de un cementerio. Caso cerrado. -Su voz iba subiendo de tono poco a poco-. Después encontramos a una pareja joven, en el coche del chico. Tampoco se los habían cargado muy lejos del cementerio; llamamos a un exterminador y a un cura. Caso cerrado. -Bajó la voz, pero era tensa, como si se estuviera tragando los gritos. Su cólera era casi palpable-. Y ahora esto. Ha sido la misma bestia, sea lo que sea, pero no hay un puto cementerio en varios kilómetros a la redonda, así que no han sido algules, y puede que se hubiera podido evitar si te hubiera llamado con el primer caso o el segundo. Ya le voy pillando el truco a esta mierda sobrenatural y tengo más experiencia, pero no es suficiente. Ni de lejos. -Tenía las manos crispadas alrededor de la libreta.



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