
– Nunca te había oído hablar tanto.
Soltó una risa entrecortada.
– Necesito el nombre.
– Dominga Salvador. Es la sacerdotisa vodun más importante del Medio Oeste, pero si le mandas a la policía no soltará prenda. Ni ella ni nadie.
– ¿Y contigo sí que hablarían?
– Sí.
– Vale, pero será mejor que me digas algo mañana mismo.
– No sé si podré concertar una cita con tan poca antelación.
– O lo haces tú o lo hago yo.
– De acuerdo, de acuerdo, ya veré cómo me lo monto.
– Gracias, Anita. Por lo menos tenemos un sitio por el que empezar.
– Pero puede que no sea cosa de zombis; es sólo una conjetura.
– ¿Qué podría ser, si no?
– Bueno, si hubiera sangre en el cristal, yo diría que podría haber sido un hombre lobo.
– Cojonudo, justo lo que necesitaba: un cambiaformas descontrolado.
– Pero no había sangre.
– Así que es más probable que se trate de algún nomuerto.
– Exactamente.
– Bueno, pues habla con esa tal Dominga y dime algo cuanto antes.
– A la orden, mi sargento.
Me miró con cara de pocos amigos y volvió a la casa. Mejor que entrara él; yo sólo quería largarme, cambiarme de ropa y prepararme para levantar muertos. Aquella noche me esperaban tres clientes, o tres futuros zombis.
El psiquiatra de Ellen Grisholm consideraba que le vendría bien enfrentarse al padre que había abusado de ella de niña; el problema era que llevaba varios meses muerto, así que me tocaba levantarlo para que su hija pudiera insultarlo a gusto. Según el médico, sería una liberación. Supongo que hace falta un doctorado para poder soltar esas gilipolleces.
Las otras dos reanimaciones eran más normalitas: una disputa por un testamento y un testigo de cargo que había tenido el mal gusto de sufrir un infarto antes del juicio. Aún no estaba muy claro que el testimonio de un zombi fuera admisible ante un tribunal, pero estaban suficientemente desesperados para intentarlo, y dispuestos a pagar por ello.
