Me quedé plantada en mitad del césped amarillento. Me alegraba ver que la familia no era adicta a los aspersores; menudo derroche de agua. Igual hasta reciclaban las latas y los periódicos. Igual hasta eran ciudadanos respetuosos con el medio ambiente. O puede que no.

Un agente de uniforme levantó el cordón policial para dejarme salir, y me metí en el coche sin prestar atención a los curiosos. Era un Nova de un modelo reciente; podría haberme comprado algo mejor, pero ¿para qué? Tenía cuatro ruedas.

El volante estaba ardiendo, así que encendí el aire acondicionado. Lo que le había dicho a Dolph de Dominga Salvador era cierto: no hablaría con la policía ni borracha. Pero no había procurado omitir su nombre por eso.

Si intentaban hablar con ella, haría averiguaciones y descubriría que yo los había puesto sobre su pista. Era la sacerdotisa vodun más poderosa que conocía, y levantar un zombi asesino era sólo una de las muchas cosas que podría hacer si le diera la gana.

Francamente: hay cosas que se pueden colar por la ventana en plena noche que son mucho peores que un zombi. Yo intentaba no darme por enterada de esa parte del negocio, pero Dominga era la creadora de casi todo lo relacionado con ella. Desde luego, no tenía ningún interés en cabrearla, así que tendría que hablar con ella al día siguiente. Era como conseguir una cita con el capo del vudú. La putada era que no la tenía muy contenta: me había mandado varias invitaciones para que asistiera a sus ceremonias, y yo las había rechazado con tanta amabilidad como había podido. Estaba convencida de que no le hacía gracia que fuera cristiana, y me las había arreglado para no tener que verla cara a cara. Hasta entonces.



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