
La pistola no se veía, siempre que no levantara los brazos más de la cuenta. Por desgracia, la camiseta era de un rosa muy, muy claro. La verdad es que no alcanzo a entender cómo me pudo dar por comprármela. Puede que me la hubieran regalado; eso esperaba, porque la idea de haberme gastado el dinero en algo rosa era más de lo que podía soportar.
Aún no había abierto las cortinas, y el piso estaba en penumbra. Había encargado expresamente unas cortinas muy tupidas, pues no sentía demasiada debilidad por ver la luz del día. Encendí la lámpara del acuario, y los peces ángel subieron hacia la superficie, boqueando implorantes.
Los peces no están mal como animal doméstico. No hay que sacarlos a pasear, recogerles la porquería ni adiestrarlos; basta con limpiar el acuario de vez en cuando y darles de comer, aparte de que les importa una mierda a qué hora vuelvo.
El olor del café recién hecho llenó la casa, y me senté a la mesa de la cocina a tomarme una taza de Colombia. Lo sacaba del congelador y lo molía justo antes de prepararlo; no hay otra forma de tomar café, aunque si no hay más remedio, me lo tomo como sea.
Sonó el timbre y pegué un salto, derramando el café. ¿Nerviosa yo? Dejé la Firestar en la mesa de la cocina en vez de llevármela a la puerta. ¿Veis? No soy tan paranoica; sólo soy muy, muy prudente.
Eché un vistazo por la mirilla y abrí. Era Manny Rodríguez. Me saca unos cinco centímetros, y tiene unos rizos oscuros entreverados de canas que le enmarcan una cara enjuta y un bigote negro. Con sus cincuenta y dos años, no me importaría llevarlo de apoyo en cualquier situación peligrosa… menos en una.
Nos estrechamos la mano, como siempre. Tiene un apretón firme y seco. Me sonrió, enseñándome el contraste entre su tez morena y unos dientes blanquísimos.
