
– Huele a café.
– Ya sabes que no desayuno otra cosa -dije devolviéndole la sonrisa.
Entró y cerré la puerta con llave; la fuerza de la costumbre.
– Rosita dice que no te cuidas. -Imitó la voz de reproche de su mujer, exagerando el acento mexicano, y añadió-: No come nada; así está de flaca. Pobrecilla, sin marido, ni siquiera novio… -Sonrió.
– Mi madrastra está de acuerdo con ella. La angustia pensar que acabaré hecha una solterona.
– ¿Cuántos años tienes? Veinticuatro, ¿no?
– Sí.
– No hay quien entienda a las mujeres -dijo sacudiendo la cabeza.
– ¿Y yo qué soy? ¿Un bocadillo de mortadela?
– Ya sabes que no pretendía…
– Yaaa. Soy uno de los chicos.
– En el trabajo eres mejor que ningún chico.
– Siéntate y llénate de café esa bocaza antes de volver a abrirla.
– No te hagas la ofendida; me entiendes de sobra. -Me miró muy serio con sus ojos marrones.
– Te entiendo de sobra -dije sonriendo.
Cogí una taza de la docena larga que guardo en el armario de la cocina. Mis favoritas están colgadas de un palo con ganchos que tengo en la encimera.
Manny bebió un trago y se quedó mirando la frase serigrafiada en negro de su taza roja: soy una zorra despiadada, pero se me da bien. La risa le hizo salir el café por la nariz.
Yo bebí de la mía, decorada con bebés pingüino con aspecto de peluche.
– No se lo digas a nadie, pero a mí la que más me gusta es esta.
– ¿Por qué no te la llevas a la oficina?
La última idea peregrina de Bert había consistido en hacernos llevar nuestras propias tazas; decía que le daban un toque hogareño al despacho. Yo había llevado una, decorada en dos tonos de gris, en la que ponía: es el trabajo sucio, pero me toca hacerlo. A Bert no le gustó y me la hizo llevar a casa.
– Es que me gusta tocarle los cojones al jefe.
– Así que vas a seguir llevando tazas ofensivas.
