– Desde luego -contesté sonriendo. Manny se limitó a sacudir la cabeza, y yo entré en materia-. Te agradezco mucho que me acompañes a ver a Dominga.

– No podía dejarte a solas con el diablo en persona -dijo encogiéndose de hombros.

Lo miré algo preocupada; no sabía si lo decía en serio.

– Así es como la llama tu mujer, no yo.

– Pero piensas ir armada por si acaso. -Manny dirigió la mirada hacia la pistola que tenía en la mesa.

Lo miré por encima del borde de la taza.

– Por si acaso.

– Si es necesario salir a tiros, no te servirá de nada; tiene guardaespaldas por todas partes.

– No tengo intención de pegarle un tiro a nadie. Sólo vamos a preguntar unas cosas.

– Disculpe, señora Salvador -dijo con gesto de mofa-, ¿ha levantado algún zombi últimamente?

– Vale ya, Manny. Sí, se hace un poco violento…

– ¿Violento? -Sacudió la cabeza-. Un poco violento, dice. Si consigues cabrear a Dominga Salvador, será bastante más que un poco violento.

– No tienes por qué venir.

– Pero me lo has pedido. -Mostró esos dientes blanquísimos que le iluminaban toda la cara-. No se lo has pedido a Charles ni a Jamison, sino a mí, y eso ha sido el mejor cumplido que le podías hacer a un viejo.

– ¿Viejo? Anda ya.

– Bueno, mi mujer no opina lo mismo. Rosita me tiene prohibido ir a cazar vampiros contigo, pero no puede impedirme que trabaje con zombis, al menos por ahora. -La sorpresa se me debió de notar en la cara, porque añadió-: Sé que tuvo una charla contigo hace dos años, cuando yo estaba en el hospital.

– Estuviste a punto de morir.

– ¿Y cuántos huesos te rompiste tú?

– Lo que dijo Rosita era razonable. Tienes cuatro hijos en los que pensar.

– Y ya no tengo edad para dedicarme a matar vampiros -dijo con ironía, casi con amargura.

– Eso son chorradas.

– Más quisiera. -Apuró el café-. Será mejor que nos vayamos, si no queremos hacer esperar a la doña.



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