
– Dios nos libre.
– Amén.
Me quedé mirándolo mientras enjuagaba la taza en el fregadero.
– ¿Hay algo que no sepa? -le pregunté.
– No.
Enjuagué mi taza sin quitarle los ojos de encima, con el ceño fruncido.
– ¿Manny?
– Por mis niños que no hay nada.
– Entonces, ¿qué pasa?
– Sabes que practicaba el vodun antes de que Rosita me convenciera para convertirme al cristianismo, ¿no?
– Sí, ¿y qué?
– Dominga Salvador no era sólo mi sacerdotisa. Era mi amante.
Me quedé parada mirándolo.
– ¿Estás de coña?
– No bromearía nunca con algo así -dijo muy serio.
Me encogí de hombros; los gustos de la gente en materia de amantes nunca dejarán de sorprenderme.
– Y gracias a eso me has conseguido una cita de un día para otro. -Manny asintió-. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
– Por si te daba por ir sin mí.
– ¿Y tan terrible habría sido?
– Es posible -dijo mirándome con solemnidad.
Cogí la pistola de la mesa y me la guardé en la funda. Ocho balas; en la Browning cabían catorce. Pero seamos realistas: si necesitaba más de ocho balas, no iba a salir con vida. Y Manny tampoco.
– Mierda -dije entre dientes.
– ¿Qué pasa ahora?
– Tengo la sensación de estar a punto de meterme en la boca del lobo.
– No vas muy desencaminada.
De puta madre. De putísima madre. ¿Por qué me metía en esos berenjenales? La imagen del osito ensangrentado de Benjamín Reynolds me acudió a la mente. Vale, sabía por qué lo hacía: si existía la posibilidad, por remota que fuera, de que el niño siguiera vivo, sería capaz de bajar al mismísimo Infierno…, siempre que existiera la posibilidad de volver. Pero no lo dije en voz alta; quizá tampoco fuera muy desencaminada en aquello.
CINCO
