
Las casas del barrio eran antiguas, de los años cuarenta o los cincuenta, con céspedes muertos de sed y macizos de petunias, geranios y algún que otro rosal que sobrevivían a duras penas al abrigo de las paredes. Las calles estaban limpias y cuidadas, pero a una manzana de distancia podrían matar a cualquiera por llevar una chaqueta del color que no toca.
Las bandas se abstenían de actuar en las inmediaciones de la casa de la señora Salvador; hasta a los adolescentes con armas automáticas les dan miedo las cosas que no se pueden detener a tiros, por buena puntería que se tenga. Las balas bañadas en plata les hacen pupa a los vampiros, pero no los matan. Sí que pueden matar a los licántropos, pero no sirven de nada contra los zombis. A esos, ni descuartizándolos: los miembros cortados siguen reptando en pos de su presa. Lo he visto, y no es muy agradable. Así que las bandas no se metían en el territorio de Dominga: es una zona de armisticio permanente.
Se rumorea que una banda de hispanos creyó encontrar la forma de protegerse contra los gris-gris… y según algunas versiones, su antiguo líder sigue en el sótano de Dominga y le hace algún recado de vez en cuando. Una buena advertencia para cualquier delincuente juvenil que quisiera pasarse de listo.
Por lo que a mí respecta, yo nunca la había visto levantar un zombi. Pero tampoco la había visto invocar a las serpientes, y podía seguir pasando sin ello.
La casa de Dominga Salvador tiene dos pisos y un jardín enorme, de un cuarto de hectárea, con geranios rojos que contrastan con las paredes encaladas. Rojo y blanco, sangre y hueso; estaba segura de que a los transeúntes no se les escapaba el simbolismo. A mí no, desde luego.
Manny aparcó frente al garaje, detrás de un Impala color crema que ocupaba una de las dos plazas. El garaje estaba pintado de blanco, a juego con la casa. Una niña de unos cinco años recorría la acera con entusiasmo en su triciclo, y había un par de niños algo mayores sentados en los escalones del porche. Dejaron de jugar para mirarnos.
