
UNO
La casa de Harold Gaynor, resplandeciente bajo el sol de agosto, estaba rodeada de un césped verde intenso, elegantemente tachonado de árboles. Bert Vaughn, mi jefe, aparcó en la gravilla del camino, tan blanca que parecía sal gema tamizada a mano. Les aspersores, audibles aunque situados fuera del campo visual, proporcionaban una hierba inmaculada en mitad de la sequía más intensa que había sufrido Missouri en los veinte últimos años. Pero no había ido a hablar con el propietario de las medidas de ahorro de agua, sino de levantar muertos.
No me refiero a la resurrección; a tanto no llego. Me refiero a los zombis: los cadáveres putrefactos y tambaleantes en plan La noche de los muertos vivientes. Esos zombis. Aunque la cosa no es tan espectacular como en las películas de Hollywood; simplemente, soy reanimadora. Es un trabajo más; hay quien se dedica a vender.
Sólo hacía cinco años que la reanimación tenía su epígrafe de actividad económica; antes era sólo una maldición vergonzosa, una experiencia religiosa o una atracción turística. Y sigue siéndolo en algunas zonas de Nueva Orleans, pero aquí en San Louis es un negocio, y muy rentable, en gran medida gracias a mi jefe. Es un marrullero, un embaucador y un cretino, pero vaya si sabe ganar dinero; algo muy útil para cualquier empresario.
