
Bert había sido jugador de fútbol americano en la universidad. Medía un metro noventa y tenía unos hombros impresionantes, aunque empezaba a criar barriga cervecera. Un traje azul oscuro hecho a medida se encargaba de ocultarla, pero por ochocientos dólares, ya podría ocultar una manada de elefantes. Llevaba el pelo rubio platino cortado al uno; quién me iba a decir que ese peinado volvería a ponerse de moda. Su bronceado de marino dominguero le realzaba el tono claro de los ojos y el pelo.
Bert se ajustó la corbata de rayas azules y rojas, y se enjugó una gota de sudor de la frente.
– Han dicho en las noticias que se está estudiando la posibilidad de usar zombis en los campos contaminados de pesticidas. Podría salvar vidas.
– Los zombis se pudren, Bert. No hay manera de evitarlo, y las neuronas no les duran lo suficiente para que sirvan de mano de obra.
– Era sólo una idea; el caso es que los muertos no tienen derechos.
– Por ahora.
Levantar muertos para usarlos de esclavos está mal. Está mal y punto, pero nunca me hacen caso. Al final, el Gobierno decidió regularlo y organizó un comité nacional, formado por reanimadores y otros expertos; los integrantes teníamos que inspeccionar las condiciones laborales de los zombis de nuestra zona.
¿Condiciones laborales? No se enteraban de nada; los zombis no pueden tener condiciones laborales dignas, y si las tuvieran ni se darían cuenta. Puede que caminen y hasta que hablen, pero están muy, muy muertos.
Bert me dedicó una sonrisa indulgente, y contuve el impulso de largarle un par de hostias.
– Charles y tú estáis en ese comité, ¿no? -comentó-. Lo de visitar las empresas y ver cómo tratan a los zombis es una publicidad cojonuda para Reanimators, Inc.
