
En el porche, a sus espaldas, había un hombre con una camiseta azul sin mangas y una funda de sobaco encima. Qué discretito. Sólo le faltaba un letrero de neón que dijera TIPO duro.
La acera tenía restos de tiza: cruces de colores claros y diagramas indescifrables. Parecía un juego infantil, pero era otra cosa: los devotos de la señora pintaban signos de adoración delante de su casa. También había restos de velas, y la niña pasaba por encima con el triciclo, una y otra vez. Sí, normalísimo.
Seguí a Manny por el césped agostado, bajo la mirada atenta e inescrutable de la niña. Manny se quitó las gafas de sol y le dedicó una sonrisa al hombre.
– Buenos días, Antonio -saludó-. Cuánto tiempo.
– Sí-contestó Antonio con voz baja y huraña. Tenía los brazos, muy morenos, cruzados en ademán despreocupado, pero la mano derecha le quedaba muy cerca de la pistola.
Me oculté detrás de Manny para no quedar a la vista y, como quien no quiere la cosa, me acerqué la mano al arma. Siempre preparada, como dicen los boy scout. ¿O son los marines?
– Te has convertido en todo un hombretón -dijo Manny.
– Dice mi abuela que te deje pasar.
– Es muy sabia -dijo Manny.
– Es la señora -contestó Antonio encogiéndose de hombros, y se inclinó para mirarme-. ¿A quién te has traído?
– Te presento a Anita Blake.
Se apartó para que yo pudiera adelantarme, y salí de detrás de él con una mano en la cintura, no por hacerme la chula, sino para tener la pistola al alcance.
Antonio me miró con una expresión airada en sus ojos oscuros, pero no hizo nada, y tampoco imponía tanto como los gorilas de Harold Gaynor.
– Encantada-dije sonriendo.
Me contempló con desconfianza durante un momento y asintió. Yo seguí sonriendo, y él empezó a imitarme. Qué mono; creía que estaba coqueteando con él. Por mí…
