Dijo algo en castellano, y yo me quedé sonriendo y sacudiendo la cabeza. Hablaba en voz baja, y por la expresión de sus ojos y la curvatura de sus labios, yo diría que se me estaba insinuando o que me estaba insultando. Manny se puso tenso, se sonrojó y le dijo algo entre dientes. Entonces fue Antonio el que se puso rojo, y empezó a acercar la mano a la pistola. Subí dos escalones y le cogí las muñecas como si no me enterase de la misa la media. Sus brazos parecían a punto de saltar como un resorte.

Le dediqué mi mejor sonrisa, él me miró fugazmente, y la tensión se relajó, pero no lo solté hasta que dejó caer el brazo. Me cogió la mano para besarla y tardó un momento en apartar los labios, sin dejar de mirar a Manny lleno de cólera.

Antonio llevaba pistola, pero sólo era un aficionado, y los aficionados con pistola suelen acabar muertos. ¿Lo sabría Dominga Salvador? Puede que en vudú fuera la releche, pero me temo que no tenía ni idea de armas ni de las aptitudes necesarias para usarlas, y fueran las que fueran, Antonio no las tenía. Sí, claro, podría matar a alguien sin pestañear, pero por los motivos incorrectos, por motivos de aficionado. Y ya me contaréis de qué le serviría al muerto.

Me guió escaleras arriba, sin soltarme la mano, pero era la izquierda, así que por mí podía quedársela todo el día.

– Tengo que mirar si vais armados, Manuel.

– Sí, claro.

Manny subió al porche y Antonio dio un paso atrás, para mantener la distancia en caso de que lo atacara. Eso convirtió su espalda en un blanco perfecto para mí: un descuido que, en otras circunstancias, podría serle mortal.

Apoyó a Manny en la barandilla, como en los registros policiales. Antonio sabía dónde buscar, pero lo cacheó con ira, moviendo las manos demasiado y con brusquedad, como si el contacto del cuerpo de Manny lo encolerizara. Era fácil de cabrear, el amigo Antonio.

Pero no se le ocurrió cachearme a mí. Muy mal.



42 из 298