Otro hombre, que andaría por los cuarenta y muchos, se asomó tras la puerta mosquitera. Llevaba una camiseta blanca, y encima, una camisa de cuadros desabrochada y arremangada al máximo. El sudor le perlaba la frente, y probablemente llevaba una pistola en la cintura, por detrás. Tenía el pelo negro, con un mechón blanco justo encima de la frente.

– ¿Por qué tardas tanto, Antonio? -Tenía la voz pastosa y hablaba con acento mexicano.

– Estaba cacheándolo.

– La señora los está esperando.

Antonio se hizo a un lado y volvió a ocupar su puesto en el porche. Cuando pasé junto a él me lanzó un beso, y vi que Manny se ponía tenso, pero entramos en la casa sin que nadie se llevara un tiro. Estábamos en racha.

El salón era espacioso, con una mesa de comedor a un lado y un piano al otro. Me pregunté quién lo tocaría. ¿Antonio? Naaa.

Atravesamos un pasillo corto, siguiendo al hombre, y llegamos a una cocina amplia, con el suelo arlequinado iluminado por el sol. La construcción era antigua, pero los electrodomésticos eran modernos. Una de esas neveras de lujo con dispensador de hielo y agua fría ocupaba gran parte de la pared del fondo, y todos los muebles eran amarillo claro: Trigo dorado, Bronce otoñal… Esas cosas.

Sentada a la mesa de la cocina había una mujer de poco más de sesenta años, de rostro enjuto y moreno surcado por innumerables arrugas que denotaban buen talante, y pelo blanquísimo recogido en un moño. Tenía la espalda muy erguida y las manos, muy estrechas, entrelazadas encima de la mesa. Su aspecto era terriblemente inofensivo, el de una abuelita encantadora. Si sólo una cuarta parte de lo que había oído de ella era verdad, su camuflaje era el mejor del mundo.

Sonrió y separó las manos. Manny se adelantó, le cogió una y le besó los nudillos.

– Me alegro de verte, Manuel -dijo ella con voz agradable, de contralto, con un acento ligerísimo.

– Igualmente. -Le soltó la mano y se sentó frente a ella.



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