Yo seguía en la puerta, y Dominga me miró.

– Bueno, bueno, Anita Blake. Así que por fin te dejas caer por aquí.

Aquello me pilló por sorpresa. Miré a Manny, que me devolvió un gesto de incomprensión. Cojonudo: él tampoco tenía ni idea.

– No sabía que tuviera tantas ganas de verme.

– He oído hablar mucho de ti, chica. Me han contado cosas muy interesantes. -En sus ojos negros y su cara sonriente había un no sé qué que no tenía nada de inofensivo.

– ¿Manny? -pregunté.

– Yo no he sido.

– No, Manuel ya no me cuenta nada; su mujercita le tiene prohibido hablar conmigo. -Dijo lo último con acritud. Vaya por Dios: la sacerdotisa vodun más poderosa del Medio Oeste se comportaba como una amante despechada. Lo que nos faltaba. Volvió hacia mí unos ojos encolerizados-. Todos los que se dedican al vudú acuden a la señora Salvador más tarde o más temprano.

– Yo no me dedico al vudú.

Dominga rió, y las líneas de su cara se acentuaron.

– Reanimas muertos, zombis, y no te dedicas al vudú. Esa ha sido buena, chica. -Parecía verdaderamente divertida. Yo, encantada de haberle alegrado el día.

– Ya te expliqué por qué queríamos verte -intervino Manny-. Dejé muy claro… -Dominga lo hizo callar con un gesto.

– Sí, fuiste muy cuidadoso por teléfono, Manuel.-Se inclinó hacia mí-. Me dejó muy claro que no veníais para participar en ninguno de mis rituales paganos. -Su tono era tan ácido que rayaba en lo corrosivo-. Ven aquí, chica.

Me tendió una mano, no las dos. ¿Esperaba que se la besara, como había hecho Manny? Ni que estuviera en presencia del papa. Me di cuenta de que no quería tocarla. Dominga no había hecho nada malo, pero yo tenía los músculos de los hombros agarrotados por la tensión. Tenía miedo, y no sabía de qué.

Di un paso al frente y le cogí la mano, sin saber qué hacer con ella. Tenía la piel cálida y seca. Tiró de mi mano, sin soltarla, para hacerme sentar junto a ella, y dijo en voz baja y grave algo que no entendí.



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