
– Lo siento, no hablo castellano.
– Tienes el pelo negro como el ala de un cuervo -dijo tocándome la cabeza con la mano libre-. Eso viene del sur.
– Mi madre era mexicana.
– Pero no entiendes su lengua.
Seguía sujetándome la mano, y yo quería recuperarla.
– Murió cuando yo era pequeña, y me crió la familia de mi padre.
– Ya veo.
Conseguí liberarme y me sentí mejor de inmediato. Aquella mujer no me había hecho nada en absoluto; ¿por qué me ponía tan nerviosa? El hombre del mechón blanco se colocó tras ella, con Las manos a la vista. Yo tenía la puerta trasera y la entrada de la cocina a la vista, así que no podía haber nadie acechándome. Pero el vello de mi nuca se empeñaba en mantenerse erizado.
Miré a Manny, pero él tenía los ojos clavados en Dominga y las manos entrelazadas encima de la mesa, tan apretadas que los nudillos se le habían puesto blancos.
Era como estar en un festival de cine extranjero sin subtítulos. Más o menos, adivinaba de qué iba la cosa, pero no estaba segura de nada. La piel de gallina me decía que había algún abracadabra en marcha, y la reacción de Manny parecía indicar que el abracadabra tenía algo que ver con él.
De repente relajó los hombros, y la tensión de sus manos se disipó; era como si lo hubieran liberado. Dominga sonrió, mostrando unos dientes blanquísimos.
– Podrías haber sido tan poderoso, corazón…
– Pero no me interesaba el poder -replicó Manny.
Me quedé mirándolos de hito en hito, sin saber muy bien qué había pasado. Tampoco estaba segura de querer saberlo, y estaba dispuesta a creerme eso de que la ignorancia es una bendición. Suele ser cierto.
– ¿Y tú, chica? -preguntó Dominga, volviéndose de repente hacia mí-. ¿Quieres poder? -La sensación de la nuca se me extendió por todo el cuerpo; era como meterse en un hormiguero. Mierda.
