
– No lo hago por eso.
– Ya lo sé: es una de esas causas perdidas que tanto te gustan.
– Hijoputa prepotente -le dije con una sonrisa encantadora.
– ¿Verdad? -contestó radiante.
Sacudí la cabeza; nunca consigo ganarle un duelo dialéctico, porque le da tres leches lo que opine de él, siempre que siga trabajando en su empresa.
Me habían vendido la chaqueta azul marino como si fuera de verano, pero era mentira; en cuanto me bajé del coche, el sudor me resbaló columna abajo. Bert se volvió hacia mí, entrecerrando los ojitos. Con unos ojos como los suyos, las miradas de desconfianza salen solas.
– Todavía llevas la pistola -me dijo.
– La chaqueta la esconde; el señor Gaynor no se dará ni cuenta.
El sudor empezaba a formar charcos bajo las correas de la pistolera, y me daba la impresión de que la blusa de seda se estaba licuando. Intento no usar pistolera de sobaco con ropa de seda, porque las correas la arrugan y se forman bolsas, pero me gustaba tener a mano la Browning Hi-Power de 9 mm.
– Vamos, Anita, no creo que la necesites para ir a ver a un cliente en plena tarde. -La voz de Bert tenía el tono condescendiente que se usa con los niños: «Vamos, bonita, sabes que lo digo por tu bien».
Pero no lo decía por mi bien; lo que no quería era espantar a Gaynor. Nos había mandado un cheque de cinco mil dólares… sólo por ir a su casa a hablar con él. Señal de que sería muy generoso si aceptábamos el caso, y Bert se ponía tierno sólo de pensarlo. A fin de cuentas, a él no le tocaba reanimar el cadáver; me tocaba a mí.
La pega era que, probablemente, Bert tenía razón: no necesitaría la pistola en pleno día. Probablemente.
– De acuerdo, abre el maletero.
Bert abrió el portaequipajes de su casi flamante Volvo mientras yo me quitaba la chaqueta, y se situó delante de mí para que no me vieran desde la casa. Menudo drama si se dieran cuenta de que guardaba una pistola en el coche. ¿Y qué iban a hacer? ¿Cerrar a cal y canto y pedir ayuda a gritos?
