
Enrollé las correas y dejé la pistolera en el maletero impoluto, que tenía el olor plasticoso y vagamente quimérico de los coches nuevos. Cuando bajó el capó, me quedé parada como si pudiera seguir viendo la pistola.
– ¿Vienes o qué? -preguntó.
– Ah, sí. -No me hacía ninguna gracia quedarme desarmada, fuera cual fuera el motivo. Supongo que era mala señal. Bert me indicó por señas que lo siguiera.
Eché a andar cuidadosamente por la gravilla con mis tacones negros. Las mujeres podemos elegir entre un montón de colores, pero los zapatos cómodos son cosa de hombres.
Bert estaba frente a la puerta y lucía ya su mejor sonrisa profesional, supurante de sinceridad y a juego con el alarde de buena disposición de sus ojos gris claro. Era una máscara que podía ponerse con la soltura de quien acciona un interruptor; si quisiera, podría sonreír así a alguien que le confesara un parricidio…, siempre que estuviera dispuesto a pagar por reanimar el cadáver.
Cuando se abrió la puerta supe que Bert se había equivocado al decirme que no necesitaría pistola. El tipo medía poco más de metro setenta, pero llevaba un polo naranja a punto de reventar y una cazadora negra que parecía demasiado pequeña; era como un insecto justo antes de la muda, y daba la impresión de que las costuras cederían en cuanto se moviera. Unos vaqueros negros lavados a la piedra le ceñían la estrecha cintura, como si lo hubieran estrujado antes de que se secara la arcilla. Tenía el pelo muy rubio. Nos miró en silencio con ojos vacuos, como los de un autómata, y estuve a punto de darle una patada en la espinilla a Bert cuando vislumbré una funda de sobaco bajo la cazadora.
– Hola, soy Bert Vaughn. Mi colaboradora, Anita Blake. -O no había visto la pistola o se hacía el sueco, pero el caso es que le dedicó una sonrisa radiante-. Tenemos una cita con el señor Gaynor.
