
El guardaespaldas, porque no podía ser otra cosa, se apartó del umbral. Bert lo interpretó como una invitación a pasar, y yo lo seguí a regañadientes. A Gaynor se le salía la pasta por las orejas y quizá necesitara guardaespaldas. Puede que hubiera recibido amenazas, o bien era uno de esos a los que les gusta la ostentación y se rodean de gorilas, los necesiten o no.
Pero también era posible que se tratara de otra cosa, algo para lo que hicieran falta armas, músculos y tipos de ojos muertos e inexpresivos. No era un pensamiento halagüeño.
El aire acondicionado estaba a tope, y el sudor se me quedó pringoso al instante. Seguimos al guardaespaldas a través de un gran recibidor alargado con las paredes recubiertas de madera oscura de pinta carísima. El suelo lucía una alfombra de aspecto oriental, probablemente tejida a mano.
En la pared de la derecha había unas puertas de madera descomunales; el gorila las abrió y, de nuevo, se hizo a un lado mientras cruzábamos el umbral. Pasamos a una biblioteca; fijo que nadie se había leído ninguno de los libros, pero llenaban las paredes de arriba abajo en estanterías oscuras. Había incluso un segundo piso lleno de estantes, al que se accedía por una elegante escalera curvada y estrecha. Todos los volúmenes estaban encuadernados y tenían un tamaño uniforme, y sus colores apagados se combinaban formando un collage. Ni que decir tiene que los muebles estaban tapizados en cuero rojo claveteado en bronce.
Un hombre que estaba junto a la pared más alejada sonrió al vernos entrar. Era corpulento y de cara rechoncha y afable, con doble papada. Estaba sentado en una silla de ruedas eléctrica y tenía las piernas tapadas por una manta de cuadros.
– Señor Vaughn, señorita Blake, cuánto les agradezco que hayan venido. -La voz hacía juego con la cara: era afable, puñeteramente amistosa.
Uno de los sillones de cuero estaba ocupado por un negro delgado. Seguro que medía más de metro ochenta, aunque era difícil calcular cuánto: estaba hundido en el asiento, con las piernas estiradas y los tobillos cruzados; sólo las piernas ya eran más largas que yo. Me miraba con los ojos marrones como si tuviera que aprenderme de memoria para un examen.
